”Hasta la próxima, aventurero” me dijo como despedida arrancándome una sonrisa. Es una palabra simpática, tal vez algo démodé pero que define perfectamente ese personaje, culo de mal asiento lleno de inquietudes que le llevan a querer ampliar su horizonte. Un calificativo positivo, diría… si aplicado a un varón. Definir de tal suerte a un miembro del gentil sexo implica, como mínimo, poner en tela de juicio su virtud. Pensándolo mejor, hay muchos términos que según el género del destinatario presentan una serie de matices que van desde lo positivo pasando por todas las gamas del ambiguo hasta lo más degradante y siempre con una connotación más o menos sexual.
Si pasamos al reino animal la cosa se vuelve preocupante. Un chico puede ser definido un toro por la colectividad y sus padres sonreirán satisfechos ante tal apelativo; sin embargo estoy dispuesto a jugarme los cromos de Marisol que si la hermana del chaval en cuestión fuese llamada vaca por la junta de vecinos, los progenitores de la susodicha no estarían tan contentos. Y lo mismo puede valer para cerdo, gallo, gato y por supuesto perro… Os dejo las conclusiones. De los ejemplos en este campo semántico solo víbora, tal vez, se usa indistintamente como insulto para ambos sexos, ¿será porque el género de la palabra es, en sí mismo, femenino?
Esto sin embargo no justifica ni la radicalización de algunas señoras, lesbo/feministas normalmente, ni el uso extendido del políticamente correcto en el lenguaje. Tuve una prueba del primero hace algunos años en Valencia; hay una mítica bocatería propiedad de una pequeña cooperativa de mozuelas. Se come estupendamente a precios de verdad políticos. Fui con dos amigos, una chica y un chico, la anfitriona nos recibió con un “hola preciosas, ¿qué tal?”… y continuó de ese tenor, declinándonos todo el tiempo al femenino. No sólo. Llegó a decirnos individual e indistintamente cosas como “para nosotras es de vital importancia que te quedes satisfecha”. La niña y yo nos divertimos mientras que nuestro acompañante se enfadó mucho. Quería protestar, más le amenazamos con caparle si abría boca y no se atrevió. Ahora, si yo hubiese tenido que protestar por algo, habría sido por el uso impropio de la lengua. Sabemos que por descendencia del latín, ante pluralidad de géneros se usa el masculino. Y no solo en castellano. Hoy en día las nuevas reglas del políticamente correcto querrían que cada vez que nos dirigimos a un grupo mixto, nos dirijamos separadamente a cada género. No sólo el “señoras y señores” de toda la vida e incluso el más que justificado “ciudadanas y ciudadanos”. Si no también “inscritos e inscritas”, “condenados y condenadas”… y me imagino que “pacientes y pacientas” porque si la ignorancia y la arrogancia te lleva a cagarte encima de las reglas, no vale la pena cortarse. O corrijo el tiro: creo que vale de muy poco crear un espejismo lingüístico cuando hay desigualdad salarial, violencia de género, etc; La lengua no es sexista. Lo es la forma mentis de una sociedad. Eso es lo que hay que cambiar, querid@s amig@s. Es más que semántica.
Y no sé la razón, más hoy me ha salido la vena feminista… ma non troppo. Es decir, la tuve cuando niño, mientras ahora me inclino más hacia el humanismo: creo profundamente que deberíamos llegar al final de las reivindicaciones, volverlas innecesarias, superfluas. Y no hablo de tolerancia (palabra odiosa) más de respeto. Pero como sabemos eso se encuentra en el reino de la utopía.
Eugenia León – La cumbia del pescado