7. Cuando la opinión sí que cuenta

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La noche del tres de marzo pasado, cuatro “neonazis” chilenos, encabezados por un matón apodado Pato Core, encontraron tumbado en las cercanías del Parque Borja, de Santiago, a Daniel Zamudio, un joven y activista homosexual de 24 años, que trabajaba como vendedor en una tienda de ropa.

Durante unas seis horas, mientras bebían y bromeaban, se dedicaron a pegar puñetazos y patadas al maricón, a golpearlo con piedras y a marcarle esvásticas en el pecho y la espalda con el gollete de una botella.

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No me llames Dolores, llámame Antonio

 ”Hasta la próxima, aventurero” me dijo como despedida arrancándome una sonrisa. Es una palabra simpática, tal vez algo démodé pero que define perfectamente ese personaje, culo de mal asiento lleno de inquietudes que le llevan a querer ampliar su horizonte. Un calificativo positivo, diría… si aplicado a un varón. Definir de tal suerte  a un miembro del gentil sexo implica, como mínimo, poner en tela de juicio su virtud.  Pensándolo mejor, hay muchos términos que según el género del destinatario presentan una serie de matices que van desde lo positivo pasando por todas las gamas del ambiguo hasta lo más degradante y siempre con una connotación más o menos sexual.

Si pasamos al reino animal la cosa se vuelve preocupante. Un chico puede ser definido un toro por la colectividad  y sus padres sonreirán satisfechos ante tal apelativo; sin embargo estoy dispuesto a jugarme los cromos de Marisol que si la hermana del chaval en cuestión fuese llamada vaca por la junta de vecinos, los progenitores de la susodicha no estarían tan contentos. Y lo mismo puede valer para cerdo, gallo, gato y por supuesto perro… Os dejo las conclusiones. De los ejemplos en este campo semántico solo víbora, tal vez, se usa indistintamente como insulto para ambos sexos, ¿será porque el género de la palabra es, en sí mismo, femenino?

Esto sin embargo no justifica ni la radicalización de algunas señoras, lesbo/feministas normalmente, ni el uso extendido del políticamente correcto en el lenguaje. Tuve una prueba del primero hace algunos años en Valencia; hay una mítica bocatería propiedad de una pequeña cooperativa de mozuelas. Se come estupendamente a precios de verdad políticos. Fui con dos amigos, una chica y un chico, la anfitriona nos recibió con un “hola preciosas, ¿qué tal?”… y continuó de ese tenor, declinándonos todo el tiempo al femenino. No sólo. Llegó a decirnos individual e indistintamente cosas como “para nosotras es de vital importancia que te quedes satisfecha”. La niña y yo nos divertimos mientras que nuestro acompañante se  enfadó mucho. Quería protestar, más le amenazamos con caparle si abría boca y no se atrevió. Ahora, si yo hubiese tenido que protestar por algo, habría sido por el uso impropio de la lengua. Sabemos que por descendencia del latín, ante pluralidad de géneros se usa el masculino. Y no solo en castellano. Hoy en día las nuevas reglas del políticamente correcto querrían que cada vez que nos dirigimos a un grupo mixto, nos dirijamos separadamente a cada género. No sólo el “señoras y señores” de toda la vida e incluso el más que justificado “ciudadanas y ciudadanos”. Si no también “inscritos e inscritas”, “condenados y condenadas”… y me imagino que “pacientes y pacientas” porque si la ignorancia y la arrogancia te lleva a cagarte encima de las reglas, no vale la pena cortarse. O corrijo el tiro: creo que vale de muy poco crear un espejismo lingüístico cuando hay desigualdad salarial, violencia de género, etc;  La lengua no es sexista. Lo es la forma mentis de una sociedad. Eso es lo que hay que cambiar, querid@s amig@s. Es más que semántica.

Y no sé la razón, más hoy me ha salido la vena feminista… ma non troppo. Es decir, la tuve cuando niño, mientras ahora me inclino más hacia el humanismo: creo profundamente que deberíamos llegar al final de las reivindicaciones, volverlas innecesarias, superfluas. Y no hablo de tolerancia (palabra odiosa) más de respeto. Pero como sabemos eso se encuentra en el reino de la utopía.

Eugenia León – La cumbia del pescado

Caótico yo

 Tengo mucho en la cabeza. Demasiadas cosas de las cuales quisiera escribir y por ser tantas no consigo dar forma o establecer prioridades. Quisiera escribir de mi amigo el Rizos que está enamorado, quizá por vez primera y ha descubierto que lo que tiene que hacer es abandonarse, dejar que sea… le corresponda o no la semidiosa ibérica, que su Amor es a él a quien engrandece y que si la Dulcinea de turno no se percata, o no le apetece pues es ella quien se lo pierde ya que no creo que haya muchos ejemplares como mi Rizos, con todas las virtudes que posee y sin ir de nada. Quisiera escribir sobre la ceguera de la izquierda europea que continúa a cantar las odas de la primavera árabe cuando en Egipto se siguen quemando iglesias y matando a quien protesta por estos hechos, cuando de facto en Túnez no ha cambiado nada y en Siria y Yemen se sigue masacrando a la población civil y el único país donde ocurren cambios es Marruecos y lo siento mucho pero vienen de arriba… sí, es Mohammed VI quien propone y dispone y penderá sobre su cabeza la sombra de la corrupción y el nepotismo pero es mejor que su padre. Y habrá conservado muchos privilegios más también ha creado cambios que hace diez años eran impensables.  Y que todo lo que ha aparecido en mi horizonte existencial después de la muerte de mi padre (y digo todo, todo) no es más que Maya y va a hacerme el daño que yo permita que me haga porque no le debo nada a nadie. Nada a nadie. A nadie. Y he terminado finalmente “as intermitências da morte” de José Saramago y he comenzado “midnight’s children” de Salman Rushdie y estoy leyendo cada día y ya me espera, de Michel Tournier “Vendredi ou les limbes du pacifique” y “a home at the end of the world” de Michael Cunningham y sí, me siento satisfecho de leerlas en lengua original porque me da la sensación de que ¡joder! no todo ha sido hecho en balde… lo mismo el cine. Al menos una peli al día. Apenas me alzo, yoga. Se ha vuelto una rutina, antes del poleo menta, antes de abrir el ordenador. Y sigo adelgazando. Otro kilo más, de modo permanente, desde que me fuera hacia Asia la última vez. Y van diez y seis. Estaba hecho un cetáceo y también pasa por ahí la recuperación de mi persona. Es mucho más que vanidad.

Era tanto de lo que quería hablar pero esta vez me he dejado llevar. Y al final no he hablado de nada. Siempre he sido caótico.

New Klezmer Trio – Freilakh nakht

¡Por Dios! Con las pequeñas cosas…

A menudo se escuchan o leen frases que nos invitan a contentarnos con las cosas pequeñas en nombre de antiguas o importadas filosofías o incluso de alguna siempre manipulada idea de espiritualidad. La cuestión me parece simplemente insultante por la perspectiva que propone: un empequeñecimiento de base de cara a la vida. Una actitud de derrota frente a lo que no entendemos.  La duda es un don. Llamémosla curiosidad si os place. Bien emplazada excluye cualquier borregil forma de conformismoY no estoy hablando de ir por ahí en plan buscavidas más tampoco creo que la solución consista en volar bajo, si no en aprender el justo valor que las cosas tienen para nosotros: una cena para dos, el tiempo que robamos a los empeños cotidianos para dedicarlo a la lectura, las caminatas solitarias por nuestras calles favoritas… no son cosas pequeñas. Son componentes del mosaico de nuestra cotidianidad, junto a muchas otras, del rompecabezas de nuestra existencia. Nos complementan, nos definen aunque sea por un breve período de tiempo. Nos ayudan a ir hacia adelante. Cuando alguien me dice “¿sabes? hay  que aprender  a vivir disfrutando de las cosas pequeñas” me dan ganas de escupirle. Apreciar los matices y los detalles es un placer para entendidos. Centrar la propia vida en ellos o peor, considerarla tout-court un aglomerado de intrascendencias es una oda al menosprecio de sí.

“Yo soy soy yo y mis circunstancias”, decía Ortega y Gasset; todo aquello que me ha acontecido desde la cuna hasta hoy posee una importancia fundamental, agrego yo. No en el grande orden de las cosas ni en el tiempo cósmico. La posee para mí porque es lo único que sé de cierto. Todo el resto es Maya. El futuro ciertamente lo es y el pasado como cognición también. Más innegablemente somos la suma de lo vivido. Aunque seguimos viviendo y no sepamos para qué. La grande Pat comentó que para ser feliz. Encomiable, ciertamente. Más la felicidad no es algo que poseamos de manera definitiva. Ni siquiera como estado emocional constante o consciente. Si pensáramos todo el tiempo “qué feliz soy”, la cosa en sí sería indicativa de un cierto tipo de neurosis. Como quien busca el orgasmo como única finalidad del contacto humano. Podemos aspirar a momentos de felicidad que serán preciosos porque fugaces. Para llegar a ellos, como al orgasmo, hay un camino, un recorrido (del que no tengo mapas o no estaría aquí escribiendo). Estas también son cosas fundamentales. Que no las hay pequeñas, perdonad que insista.

Mi presente estado de malestar deriva precisamente de eso. De ser incapaz de reconocer la importancia de mis cosas, de sentir que nada tiene importancia y por absurdo sigo aquí. Quiero volver a ser consciente de que soy la resulta de milenios de evolución: biológicos y filosóficos… “que no acabo de descender de los árboles”. No saberlo como concepto. Interiorizarlo de nuevo. Despertarlo en mí. Y celebrar cada gesto cotidiano en su magnificencia. En esa obra maestra que son mis manos y mis pies y hasta mi jodidísima espalda. Y tomar una profunda bocanada de aire y sentir que mi cuerpo lo transforma en oxígeno y desecha el resto. Seguir estremeciéndome en cada hoja seca pero no morir en ella. Enamorarme de todo. Pero sin morir de amor.

Misia – Sou de vidro -poema Lídia Jorge/fado santa luzia-

De poetas y otras criaturas aladas

  Era imposible no sentirse irremediablemente atraídos hacia él. Y no era sólo la inteligencia que bordeaba la genialidad, el desmesurado talento, la cultura que hubiese podido ser apabullante y que sin embargo nunca utilizó como foso o muralla más como un puente tendido hacia los demás; como un medio de acortar distancias.  Era algo más. Tal vez ese debatirse entre un enorme ego deshecho (a saber por cuales traumas infantiles) y una sencillez que había mamado en casa; siendo el primer licenciado de la familia, el hijo que con esfuerzo se había conseguido enviar a la universidad. Y no les había fallado hasta entonces. Desde niño fue un estudiante modelo y la carrera la sacó con matrículas. Tesis publicada así como textos que le ganaron la atención de monstruos del calibre de Márquez y Benedetti o de su amado Sabina. Con un equipo de otros dos geniecillos curó un apéndice de neologismos para la mismísima RAE. Ahora forma parte de una comisión que elige los criterios de selección para  los catedráticos de lengua y literatura española en una potencia de oriente. Tiene 34 años.

Yo estaba intentando abrirme de nuevo a la vida. Ma non troppo. Mi guitarrista de entonces me preguntó si habría podido llevar  esa tarde a un colega. “Muy buen chaval”. El saxo francés le definió un simpático tombeur de femmes. No me opuse. En silencio escuchó nuestro ensayo que no era una repetición sino correcciones sobre lo que habríamos tocado. Nada demasiado estimulante para alguien que quisiera escuchar música. Él tomaba apuntes, nos miraba. Dijo muy poco. Me sorprendió algo que consideré en su momento como timidez: el chaval era muy guapo y tenía un físico impactante. Hay con quien bastante menos, camina como si llevase zepelines bajo el brazo. Después de las pruebas vino un kebab y ahí la conexión fue inmediata. Me enterneció su absoluta fragilidad y la evidente dependencia de medicinas de un cierto tipo. Yo acababa de comenzar mi periplo personal con la neurología más me había bastado una hora en sala de espera para darme cuenta de aquello en lo que habría podido convertirme. El Poeta estaba ahí, como confirmación de todos mis miedos. Tenía sólo 23 años más parecía que debiese sostener el peso del mundo ya no sobre sus espaldas, sino dentro de su cabeza. Decidí adoptarle, como hermano menor.

La ciudad en la que nos conocimos y el desmadre del proyecto Erasmus le lanzó en una dimensión que hasta ahora no había frecuentado: la del alcohol y el costo. Que nadie vaya a creerse que soy un prohibicionista. Ni mucho menos. Pero cuando estás bajo el influjo constante de todo tipo de porquerías químicas, cogerte del frasco y la mari no es exactamente la mejor de las ideas. Su vida cambió radicalmente, para mal. Terminó la carrera entre semi-comas etílicos y ataques de pánico y casi constantes crisis de ansia. Volvió a casa y se largó a recoger naranjas en Catalunya. Por años estuvimos siguiéndonos la huella. Él vivió en varias ciudades de España. Trató con París y Londres pero siempre hubo algo que se le rompía dentro. Varias veces nos visitamos. Fueron encuentros totales. De querer saber del otro, de compartir (“tienes que leer, tienes que escuchar, tienes que mirar esto”) y que puntualmente se concluyeron con el Poeta bebiendo hasta perder completamente el control y la verticalidad. Yo no podía verle en ese estado. Alguien que a decir de todos era inteligencia y talento al estado puro, con una familia detrás apoyándole y queriéndole… lo sé. Cada uno sabe lo que lleva dentro y nadie tiene el derecho de juzgar. Tal vez no estuve a la altura, no lo excluyo. Pero me mantuve lúcido para estar siempre ahí cuando le hizo falta. No en sus exploit de borracho, sino para sus crisis profundas. Labor no siempre fácil, la “nueva” mezcla hacía salir sus partes peores y a veces conseguía herirme como sólo lo consigue quien te conoce de verdad. Pero también siempre estuvo cuando le necesité. Siempre. Todas las veces y en todas las maneras. Era como si hubiésemos decidido ser un puntal para el otro. Dejar a un lado nuestra mierda para arrimar el hombro y sostener al amigo, al hermano. Fui yo quien le obligó a inscribirse al registro público de autores y tutelar sus poemas, a presentarse para becas de phD. Porque desde el principio reconocí en el Poeta todas las cualidades que le han de  llevar, sigo estando seguro, a donde quiera.

Esa es la razón por la que no dudé en olvidarme  lo que estaba haciendo y volar a su lado e inventarme un trabajo en la ciudad en que se encuentra. Para estar ahí y conseguir piso y prepararle la comida y organizar todos los aspectos de su vida práctica, para que él pudiese sólo dedicarse a enseñar en la universidad y a escribir. Me lo dijo: “tú sabes que es muy fácil que la gente se defina amigo… y yo he perdido la cuenta de con cuantas tías me he enrollado… nadie, si excluyo a mis padres, ha hecho tanto por mí como tú”.  A poca gente he querido como al Poeta, por eso cuando su psique comenzó a mostrar grietas lo que menos me dolió fue que en su delirio no me viese más como un ángel si no como un vampiro que por la noche entraba en su habitación para alimentarse con su sangre. Textualmente. Cuando el delirio se volvió preocupante tuve que hacer intervenir al consulado. Vino un psiquiatra que evaluó la situación y lo rellenaron de medicinas como a una empanadilla, “para que respetara su compromiso con el Estado que lo hospeda”. Yo fui considerado factor negativo y alejado.

Ha pasado casi un año y medio. No hemos vuelto a hablarnos. Pasada la crisis sé que comenzó a decir sobre mi persona todo tipo de horrores, comenzando porque le habría abandonado y es probable que esté convencido. Yo por mi parte no puedo evitar pensar a lo acaecido sin sonreír amargamente. Sigue en esa ciudad. No podría quererle mal aunque tratase seriamente. Y no veo el motivo.

Yo tengo un amigo – Amaury Pérez

Bévinda

 Su voz es una columna de ámbar ascendente. Es sensual, melancólica y lleva entre sus pliegues ecos y sabores de un pueblo errabundo y marinero que ha visto todo más todo sigue sorprendiéndole como a los chiquillos. Tal vez por eso consigue entrar en todos los géneros, en todas las músicas. Académicas o populares. Compuestas por ella, rescatadas de la tradición o tomadas de otros autores y “sencillamente” propuestas con arreglos propios, su voz se mueve como un pez en el agua. Con la ligereza del que, controlando el medio, puede dejarse llevar. No es una cantante de fado aunque haya innegablemente bebido de esa fuente cuanto de la chanson française y de ritmos y sonoridades de otras latitudes, cuando antes de entregarse a nosotros a través de la música, hacía de guía de trekking en India y Nepal.
  ”Fatum” entró en mi vida una noche de hace muchos otoños. Era un regalo para tenernos compañía de Basel a Zürich. Fuimos incapaces de  abrir boca o detener el cd que continuó como loop hasta llegar a casa y una vez ahí, tácitamente de acuerdo esperamos a que terminase por completo antes de bajar del coche. Con el tiempo,  su música nos hizo viajar en todas las maneras, inundándonos de sugestiones. Con su álbum “Pessoa em pessoas” sobre la poesía del lusitano para voz y dos violoncellos la introspección fue de rigor mientras con “Terra e ar” nos echó en los brazos de oriente y fue el motivo por el cual comenzamos a viajar a India y después al resto de Asia. Se volvió parte de nuestra complicidad intelectual y emotiva. Su voz, me ha hecho incluso llegar a dudar de mi sistema de pensamiento, anclado firmemente en las convicciones cartesianas. Si la sospecha de que el alma pueda existir ha llegado a filtrarse hasta algún recoveco de mi maltratada psique, es la voz de Bévinda la razón. Espero como un jabato la publicación de sus trabajos y he viajado (sólo, desde que estoy sólo) a todas las presentaciones de sus álbumes. Y a conciertos. Y seguiré haciéndolo. En una de mis pocas citas puntuales con la vida que sigue. Não é só saudade.
  Para mí significa tanto como Lorca. Como Bartók. Escucharla y en la familiaridad de lo que me es noto encontrar algo que me coge por sorpresa. Una inflexión, un fraseo. Un acorde. Y en escena: una Diosa. Con esa capacidad que tienen los grandes de cantar como si lo hicieran sólo para ti. Os dejo el “guardador de rebanhos”, poema de Fernando Pessoa y con una composición suya, de su álbum “Fatum” de 1994, el primero que escuchara en esa noche de principios de otoño hace tanto tiempo que a veces dudo que yo haya podido ser ese mocoso de 21 años que se estaba comiendo el mundo pero que frente a los ojos azul cobalto de la persona amada y una voz y un savoir faire como el de la artista parisina volvía a sentirse pequeñito y, a la vez, parte de algo mucho mayor.      [La foto es de Ari Rossner]
Olà, guardador de rebanhos                                                                                     Maria Vergonha
                                                           http://www.myspace.com/bevinda